abril 03, 2020

Él

Perdí la cuenta de la cantidad de veces que escribí aquí -o en cuanto papel, cuaderno, espacio se me cruzara- todas las ganas que tenía de amar a alguien, el miedo que sentía al pensar que existía la posibilidad de que eso que yo tanto deseaba no llegara nunca, la no expresada resignación a que mi vida sería eso: yo, mis amigos, mi familia. Llevándolo a analogías de películas, yo sería esa Fiona de Shrek 4 que nadie rescató nunca de la torre (por cierto, súper innecesaria Shrek 4). Perdón por ese momento tan empalagoso, pero creo que ya están acostumbrados. Y si no, vayan a buscar agua.

Nuestra historia empezó mucho antes de lo que quería admitir. Llegó a mi vida muchas lunas antes de siquiera imaginar que podíamos llegar a tener lo que tenemos hoy. Nunca lo vi, ni siquiera la noche que nos dimos el primer beso (que fue más por deseo y ganas que por otra cosa). Nunca lo vi realmente, hasta una noche que me preguntó por mi pasado. "Es un tema delicado" le dije. No mentía, nunca miento al respecto. "Tengo la mente abierta", respondió. 'Ojalá', pensé. Le conté todo. Lloré, porque todavía me pesa, me duele. Esa noche lo vi... lo vi más allá de todo. Vi algo en sus ojos que todavía no puedo describir, pero esa noche dentro de mi se movió un milímetro, como para que yo no me diera cuenta, ese muro que me costó tantos años construir, el que me había mantenido fuerte todos estos años.

Lloré mucho después de eso. Lloré porque no quería ilusionarme y que fuese sólo sexo; lloré porque, como Dr. Strange, vi un montón de futuros posibles y en muchos yo salía perdiendo; lloré porque algún día nos vamos a morir y se terminará toda la magia; lloré porque él estaba derrumbando mi muro anti-amor; lloré porque Abbie no podía creer lo que nos estaba pasando; lloré porque no me sentía merecedora de todo el cariño que estaba recibiendo de repente; lloré porque no me quería enamorar y también porque sentía que no había vuelta atrás... lloré tanto el primer mes, que me sorprende que no se haya asustado. Y cada vez que yo lloraba, él me hablaba y me abrazaba y yo sentía una paz que nunca antes en mi vida había sentido. Por eso me quedé.

Luego de toda esa intensidad, empezamos a vivir "la normalidad", y esa normalidad me gustó. Y yo también le gusté. Así que nos quedamos. 

Me pasó en el amor lo que me pasó con el inglés: cuando dejé la obsesión de que lo necesitaba, fluyó. Aunque todavía no me arriesgo 100% con el inglés -y creo que tampoco con el amor-, ya no hay vuelta atrás. Y me alegra.


PD: Quédense en casa, este escrito es consecuencia de esta pausa obligatoria en la vida cotidiana (que seguramente no volverá nunca a ser lo que era).

septiembre 18, 2017

Otro escrito sobre crecer

Las migraciones se dan todas a la vez (más o menos) o no se dan.

Es evidente (para mi, y seguramente para los que me leen desde que era drama queen) que he crecido mucho desde que me mudé. No corporalmente, claro está, sigo teniendo mi estatura “poco.más.de.1_50cm”, mi caucho en la cadera y el resto de mi como era antes, pero internamente soy mucho más de lo que solía ser. Así, sin adjetivos.

Este fin de semana la pasé cocinando: hice desde arepa frita (para Argentina la comida frita es una herejía) hasta tequeños (fritos, por supuesto). Mis fines de semana de ahora, a diferencia en años luz de los de antes, suelen ser de ver películas o series, comer y/o cocinar (no siempre cocinar significa comer, eso podría dar para otro escrito) y sentarme a pensar: un eufemismo para decir ver instagram y facebook… y las historias de whatsapp. Malditas redes.

Pero también, más allá de hacerme cargo de mi misma (algo que no solemos hacer totalmente hasta que vivimos solos), he descubierto que estoy “migrando” de ser una persona de la noche a ser una persona de la mañana. No del todo, no todos los días, pero aunque suene paradójico, tampoco contra mi voluntad. Simplemente es algo que no he podido evitar. Jorge me dice que a medida que crecemos, dormimos menos. Jorge es mi mejor amigo, se los presento. Y la verdad es que mientras estoy escribiendo esto, no me queda muy claro si en realidad estoy migrando a ser una persona de la mañana o es que simplemente estoy durmiendo menos, porque la realidad es que yo antes de las once no puedo dormir, pero a las siete de la mañana ya me despierto… y eso no pasaba antes.

Lo primero que hice este mes fue cambiar el orden de los “macundales” del cuarto de manera de estar lo más lejos posible de los enchufes y, por ende, del celular en las noches. Así, cuando voy a dormir “me obligo” a dormir a la hora porque el cargador no llega a la cama (no aplica para fines de semana porque simplemente no cargo el celular en las noches). Además, me despierto un minuto antes de que suene la alarma y pienso “maldita sea” pero ya no pienso “dormiré cinco minutos más” porque sé que hay una de dos posibilidades: o esos cinco minutos más no los duermo o se convierten en una hora mínimo. Así que me levanto y me preparo un café.

Otra cosa que tampoco puedo hacer ahora es dormir durante el día. Antes solía pasarme que podía dormir en la tarde y dormir tranquilamente en la noche. Otra pérdida de la adultez: duermes máximo ocho horas cada veinticuatro horas, punto. Así, si duermo en la tarde dos horas, en la noche -como ustedes ya deben saber- no me da sueño; me duermo a las tres de la mañana y me despierto a las ocho de la mañana “del día siguiente” (es el mismo día, pero para mí sigue siendo el mismo día si no lo separo durmiendo).

Siguiendo la nomenclatura horaria de este país, son las nueve menos cinco y yo estoy escribiendo esto en pijama, porque puedo (tengo horario flexible en la oficina y vivo cerca) y porque de repente pensé que así como hay personas que se levantan a las cinco de la mañana y salen a correr o a hacer cualquier otro ejercicio, esto de escribir junto al alba (es una metáfora, no cuenten conmigo antes de las siete de la mañana) podría ser un buen ejercicio mental.

Quién sabe, capaz sale algo bueno.
Y sonrían, miren que los miro.

Me siguen los buenos